miércoles, 29 de julio de 2015

VOM KRIEGE: RESUMEN
CARL VON CLAUSEWITZ

LIBRO I
Definición:
Aquí no ofrecemos una definición científica detallada de la guerra, sino que abordaremos su forma elemental: el combate singular, el duelo. La guerra no es más que un duelo a gran escala. La multitud de duelos particulares de la que se compone, considerados en su conjunto, puede representarse mediante las acciones de dos combatientes. Cada uno de ellos quiere, mediante la fuerza física, obligar al adversario a plegarse a su voluntad. Su objetivo inmediato es abatirlo  y, con ello, hacer que le sea imposible toda resistencia ulterior. La finalidad de la guerra es forzar al enemigo a someterse a nuestra voluntad. Para medirse, la fuerza se arma con las invenciones de las artes y las ciencias. Esa fuerza va acompañada de restricciones insignificantes, que apenas merecen ser mencionadas, a las que se da el nombre de derechos de las gentes, pero no tienen capacidad para reducir significativamente la energía. La fuerza entendida en sentido físico (puesto que excluyendo la idea del Estado y la ley no existe la fuerza moral) constituye el medio; su propósito es imponer nuestra voluntad al contrario. Para satisfacer con seguridad tal designio, es necesario poner al enemigo en situación de no poder defenderse. Este es, por definición, el auténtico fin de la guerra; representa el objetivo y en cierto sentido lo desecha, como algo no perteneciente a la guerra propiamente dicha.
Tensión extrema de fuerzas:
Si queremos abatir a nuestro rival, debemos calcular nuestras fuerzas en función de su capacidad de resistencia. Esto se expresa como el producto de dos factores indisociables: entidad de los medios disponibles y voluntad. La entidad de los medios puede determinarse de modo aproximado, ya que depende en buena medida (si bien no enteramente) de numerosos factores numéricos. Resulta bastante más difícil evaluar la voluntad: lo máximo que se puede hacer es una conjetura, según la importancia de las causas del conflicto. Si creemos haber alcanzado una estimación verosímil de la capacidad de resistencia del adversario, podemos considerarla como una medición del esfuerzo que hay que realizar para ir sobre seguro en todos los casos o, si nuestros medios son insuficientes, darles siempre la mayor entidad posible. No obstante, el adversario hará exactamente lo mismo. Nueva carrera recíproca, que tiende teóricamente al extremo: tercer criterio ilimitado que queda verificado.
La guerra no es más que la continuación de la política por otros medios:
Así pues, la guerra no es olamente un acto político, sino un auténtico instrumento de la política, una continuación del proceso político, su prolongación por otros medios. El arte de la guerra exige, a modo de máxima, que las tendencias y designios de la política no lleguern a entrar en contradicción con tales medios, y en todo caso el comandante en jefe puede exigir que así sea. Estas condiciones no son insignificantes: pero sea cual sea la circunstancia, incluso en casos particulares, su reacción ante los designios políticos no podrá ir más allá de una simple modificación de estos, porque el designio político es el objetivo, la guerra es el medio, y un medio sin objetivo resulta inconcebible.
Todas las guerras pueden considerarse actos políticos:
Y por tanto, volviendo al argumento principal, si bien es cierto que en un determinado tipo de guerra la política parece desaparecer por completo mientras que en otros es determinante, se puede afirmar que en ambos la guerra constituye un acto político. Si consideramos la política como la inteligencia del Estado personificado, es innegable que, entre todas las hipótesis que debe incluir su campo de trabajo también estará la naturaleza de las condiciones impuestas por una guerra del primer tipo. La segunda modalidad podría considerarse de carácter más político que la primera, solo que ahora se trata de ver en la política no un discernimiento general, sino la noción convencional de una artimaña circunspecta, potencialmente desleal, que rehúye el uso de la fuerza.

LIBRO II
La campaña de 1814:
Clausewitz realiza aquí un análisis muy interesante sobre cuál habría sido, en su opinión, la forma más adecuada de conducir la campaña de 1814.
·        En general es más ventajoso continuar las operaciones en la misma dirección en que se ha lanzado a las tropas, porque los desplazamientos implican una pérdida de tiempo y es más fácil obtener nuevos éxitos donde la fuerza moral del enemigo ha sufrido ya pérdidas considerables: así pues, actuando en tal dirección no se pierde el predominio ya adquirido.
·        Blücher, aunque más débil que Schwartzenberg, era el más importante de los dos a causa de su espíritu emprendedor: era el centro de gravedad clave del resto de su propio bando. Las pérdidas sufridas por Blücher equivalían a una derrota. Representó para Napoleón una ventaja tan notable que la retirada del Rin apenas podía ser cuestionada, al no existir refuerzos en dicha línea de retirada. Ningún otro resultado posible habría producido una  impresión moral tan profunda dada la debilidad y falta de resolución percibida en el mando del ejército de Schwartzenberg, fue de gran trascendencia la pérdida del príncipe  heredero de Wuttenberg en Montereau y del conde Wittgenstein en Mormant. Estos hechos debían de ser conocidos por el príncipe de Schwartzenberg, pero los desastrestres sufridos por Blücher en su retirada, atrapado y aislado entre el Marne y el Rin, habían llegado a sus oídos antes, si bien magnificados por las habladurías. La decisión que tomó Napoleón a finales de marzo, a la desesperada de dirigirse a Vittry para comprobar el efecto que había producido sobre los aliados la amenaza de rodear estratégicamente el enclave se basaba en el principio de la intimidación. Pero las circunstancias no eran tan favorables vista la falta de éxito de Laon y Arcis, y dado que Blücher se encontraba cerca de Schwartzenberg con cien mil hombres. Cierto que hay a quien no le convencen estas razones, pero nada pueden objetar contra lo que sigue: “Si bien Napoleón amenazaba desde el Rin la base de Schwartzenberg, este amenazaba París, es decir, la base de Napoleón”. Por el contrario, los motivos alegados más arriba tienden a probar que Schwartzenberg no habría osado emprender una marcha sobre París.
Algunos ejemplos:
Los ejemplos históricos aclaran la materia y constituyen  también las pruebas más sólidas en la ciencia experimental. Esto se aplica, más que a cualquier otro campo, al arte de la guerra. El general Scharnhorst, que en su manual ha tratado mejor que nadie la guerra real, declara que los ejemplos históricos tienen una importancia máxima en esta materia, y lo demuestra magistralmente. Si hubiera sobrevivido a la guerra en la que cayó, la parte cuarta de su texto sobre la artillería habría aportado una prueba aún más brillante del espíritu de observación y análisis con que profundizaba en la experiencia. Sin embargo, era infrecuente que los teóricos hicieran un uso tan admirable de los acontecimientos históricos. El modo en que lo hacen sirve, en la mayoría de los casos, no para dar valor a sus juicios sino para desacreditarlos. Así pues, creemos que es útil examinar de modo especial tanto el empleo como el abuso de estos ejemplos. Es incontestable que los conocimientos sobre los que se sustenta el arte de la guerra pertenecen a las ciencias experimentales, ya que, aunque derivados de la naturaleza de las cosas, no desvelan esta, mientras que con la experiencia la aplicación se codifica a través de numerosas circunstancias, cuyos efectos no pueden ser previstos en su totalidad solo mediante el examen de la naturaleza del medio. Los efectos de la pólvora, ese gran agente mediador de la actividad bélica, solo se conocen con la garantía de la experiencia, e incluso hoy  se realizan continuos experimentos para estudiarlos en mayor profundidad. Es natural que un proyectil de metal, al que la pólvora imprime una velocidad de 300 metros/segundo, destruya todos los seres vivos que encuentre a su paso; no hace falta  experiencia alguna para comprenderlo. Pero la experiencia no basta cuando cientos de circunstancias concurren al determinar estos efectos de un modo más preciso. Además, no es el efecto físico el único que hay que tomar en consideración: es el efecto moral el que deseamos evaluar, y para empezar a apreciarlo no tenemos otro medio que la experiencia. En la Edad Media, recién inventadas las armas de fuego, sus efectos físicos no eran todavía tan significativos dado lo imperfecto de su construcción: su efecto moral, al contrario, era grandísimo. Sería necesario haber visto la inquebrantable firmeza de aquellos hombres, que Napoleón había instruido y dirigido en el curso de sus conquistas, bajo el fuego de artillería más violento y persistente, para hacerse una idea de lo que es capaz una tropa templada por la habituación al peligro, y en la que una rica cosecha de victorias había inducido la noble determinación de exigirse a sí misma el máximo posible. Algo que es imposible solo con la ayuda de la imaginación.
Diferencias entre táctica y estrategia:
Según nuestra división la táctica concierne al empleo de las fuerzas en el combate; la estrategia al empleo de los combates de cara al objetivo de la guerra.
Sobre la teoría de la guerra:
La guerra no puede conducirse solo desde el punto de vista material (número de guerreros disponibles, alimentación, reposición de hombres y materiales, las comunicaciones y la retirada), ya que las implicaciones morales son mucho más importantes.

LIBRO III
Reserva estratégica:
Una reserva puede tener diferentes cometidos: el primero es prolongar y reanudar la lucha, el segundo atender los imprevistos. El primero presupone la utilización de un uso sucesivo de las fuerzas y no se presta a la aplicación de estrategia alguna. El caso en que se envía un cuerpo de ejército en una dirección donde se está a punto de ser derrotado por el enemigo entra, evidentemente, en el segundo supuesto, dado que no estaba debidamente prevista la resistencia de la oposición en dicho lugar. Si se mantiene a tal fin en la reserva un cuerpo destinado únicamente a prolongar la lucha, situado fuera del alcance de las armas de fuego pero dependiente de quien dirige el combate y este le ha sido asignado de modo permanente, estaríamos ante una reserva táctica, más que estratégica. La necesidad de disponer de una fuerza para hacer frente a los imprevistos puede presentarse también en el campo de la estrategia. Como consecuencia, una reserva estratégica es admisible, pero en los casos en que puedan producirse acontecimientos inesperados. En la táctica, no suele conocerse el dispositivo del adversario más que examinando todo personalmente. Cada bosque, cada pliegue del terreno puede ocultar una parte, por lo que se debe estar siempre preparado para lo fortuito, para reforzar en la retaguardia los puntos que resulten demasiado débiles, y sobre todo adecuar mejor las propias posiciones en relación con las del adversario.
Tensión y reposo: la ley dinámica de la guerra:
En lo que se refiere a la guerra moderna como ya hemos señalado, se distinguen claramente otras características. No obstante, sigue siendo cierto que la acción propiamente dicha se interrumpe siempre con pausas más o menos prolongadas, lo que impone un examen más minucioso de la esencia de estos dos estadios de la guerra. Cuando se produce una suspensión de la acción bélica –es decir, cuando ninguno de los dos adversarios busca algo positivo- hay descanso y por tanto equilibrio en el sentido más amplio. Se trata de un equilibrio que comprende no solo las fuerzas físicas y morales de los ejércitos enfrentados, sino también todas las relaciones entre los intereses de los adversarios. En cuanto una de las partes beligerantes se plantea un nuevo objetivo, se reanuda la actividad, aunque sea con simples preparativos para alcanzarlo. Y, tan pronto como la otra parte se opone, nace una  tensión entre las fuerzas. Esta persiste hasta que se toma una decisión, que deriva siempre de los efectos de combinaciones recíprocas de combate, se verifica un movimiento en uno u otro sentido. Agotado el movimiento, ya sea por las dificultades a superar, por el propio desgast intrínseco o por la aparición de una nueva resistencia, se produce un nuevo reposo o una nueva tensión con otras decisiones relacionadas. El movimiento comienza de nuevo, la mayoría de las veces en sentido inverso. La utilidad esencial de estas consideraciones queda expuesta en la siguiente conclusión: toda disposición adoptada en estado de tensión tiene mayor importancia, y es en consecuencia más fecunda que una análoga tomada en estado de equilibrio. Y esta importancia crece hasta el infinito cuanto mayor sea el grado de tensión. Los cañonazos de Valmy tuvieron implicaciones mucho más graves que la batalla de Hochkirch. Si un enemigo abandona una zona porque no puede defenderla, podemos asentarnos en ella de un modo muy diferente a cuando se retira con el único propósito de retrasar la batalla decisiva. Ante un ataque estratégico en vías de ejecución, una posición equivocada, un solo avance errado pueden acarrear efectos desastrosos. Por el contrario, en la fase de equilibrio los errores de este género deberían ser menos aparentes para inducir al enemigo a actuar. Para continuar erigiendo el edificio de nuestro análisis teórico, es realmente necesaria la distinción especulativa de que contamos con estabilidad. Todo lo que hay que decir sobre la relación entre ataque y defensa respecto a la ejecución de estas acciones de doble especie se basa en el estado de crisis en que se encuentran las fuerzas durante las fases de tensión y movimiento. Toda acción consumada durante los periodos de equilibrio es considerada un simple corolario. Son tales crisis las que constituyen la verdadera guerra, mientras que el estado de equilibrio es solo su reflejo.
Fuerza moral:
La moral de la tropa y de una fuerza de combate es uno de los factores determinantes para la victoria. Son cualidades que el adversario no puede contrarrestar, porque la felicidad de un país o una economía boyante y la moral de las tropas no son cuantificables, y menos aún figuran en libros o documentos. Por otra parte la fuerza moral está directamente relacionada con la material, entendida esta como expresión de un determinado equipamiento agresivo para el combate. Unas fuerzas bien equipadas pero faltas de moral, o constreñidas por un gobierno particularmente rígido, no tendrán la misma fuerza que unidades que viven bien y tienen alta la moral. Entre las fuerzas morales preponderantes cabe mencionar el talento del jefe, la virtud militar del ejército (basadas en las proezas y el entusiasmo por la causa) y sus sentimientos nacionales.
Audacia y superioridad numérica:
Desde el líder al tamborilero y el general en jefe lo más digno de admiración es, sobre todo, la audacia. Es la más noble de las cualidades; es el acero lo que da al arma su filo y su esplendor. Solo cuando la audacia se yergue contra el principio de la obediencia, cuando se desatiende una voluntad superior claramente expresada, debe ser tratada como un mal peligroso en sí mismo, si no causa de la desobediencia.
Es necesario reunir en el punto decisivo y emplear en el combate el mayor número posible  de efectivos. Hay un axioma de los generales napoleónico que era el marchar divididos (para aumentar la velocidad) y combatir unidos.


LIBRO IV
Carácter de la batalla moderna:
De acuerdo con las ideas que hemos expuesto sobre la táctica y la estrategia, resulta superfluo añadir que la alteración de la primera influye sobre la segunda. Si se modifica totalmente su carácter en un caso determinado, otro tanto debe ocurrir con la estrategia, a fin de que ambos resulten racionales y consecuentes. Por lo tanto, es importante definir la forma moderna de una gran batalla antes de estudiar el empleo de la estrategia. ¿En qué consiste, en general, una gran batalla? Se despliegan tranquilamente grandes masas en los flancos y en profundidad, no se despliega la totalidad. Se deja que esta se enzarce en una lucha consistente en unas horas de intercambio de fuego y después, en lo que se refiere al movimiento de uno y otro bando, se suceden asaltos parciales, ataques a bayoneta y cargas de caballería. Cuando esta parte ha agotado ya sus energías, y no quedan más que restos de bajo rendimiento, se la retira y se incorpora una de refresco. Así, la batalla procede con una intensidad destructiva moderada, como la pólvora húmeda, que arde en vez de explotar. Al caer la noche, mientras la oscuridad obliga a cesar los combates porque ninguno de los adversarios ve los suficiente y no quiere arriesgarse a atacar a ciegas, se valora qué masa utilizable le resta a cada uno de ellos que no esté agotada como volcanes que han perdido su fuerza eruptiva. Se evalúan también el terreno ganado o perdido y las condiciones de seguridad de la retaguardia; se suman estos resultados a las impresiones aisladas de bravura o miedo, de sagacidad o incapacidad que se han creído percibir tanto en nuestras tropas como en las del enemigo, y se obtiene una impresión general de la que se deriva la decisión de abandonar el campo de batalla o reanudar la lucha la mañana siguiente.
Decidir el combate:
Ningún combate se decide en un solo instante, aunque en todos hay momentos más decisivos que contribuyen de modo esencial al resultado. Perder una batalla es comparable al descenso gradual de uno de los platillos de la balanza. Todo combate tiene, por otro lado, momentos en los que se puede considerar decidido, de modo que reemprenderlo constituiría un nuevo combate en vez de una continuación del anterior. Es muy importante tener una idea precisa de ese momento para estar en condiciones de juzgar si es útil proseguir la lucha con ayuda de refuerzos. Y de hecho, a menudo ocurre que en combates en los que la situación está definitivamente perdida se sacrifiquen inútilmente nuevas fuerzas; mientras que otras veces, por el contrario, por el contrario, se renuncia a enderezar la situación mientras todavía es posible hacerlo.
Retirada tras una derrota:
La derrota ha agotado las energías del ejército y, lo que es peor, la fuerza moral de los soldados. Una segunda batalla, a menos que se vea favorecida por nuevas circunstancias, conducirá a un desastre completo, quizá incluso a la aniquilación: este es un axioma militar. Según la naturaleza de las cosas, la retirada continuará hasta que se restablezca el equilibrio entre las fuerzas, ya sea mediante refuerzos y la protección de plazas fuertes importantes, o por grandes obstáculos del terreno y, finalmente, por la dispersión de las fuerzas del vencedor. La importancia de las pérdidas sufridas y de la derrota acercarán o alejarán esta recuperación del equilibrio, pero influirá aún más el carácter del adversario. Hay muchos ejemplos de batallas perdidas, después de las cuales el ejército derrotado consiguió reorganizarse en una posición poco alejada sin que haya habido modificación alguna en sus condiciones tras el enfrentamiento.
Características de la batalla moderna:
La fase inicial de la batalla prevé el despliegue de grandes masas de infantería, de las cuales se utilizan pequeños grupos que desatan el enfrentamiento. La batalla en sí es un combate a sangre y fuego que dura algunas horas, entremezclado con asaltos a bayoneta y cargas  de caballería. Cuando uno de los contendientes agota sus fuerzas y las líneas de su despliegue se debilitan, procede sustituirlas por otra fuerza. A la noche se procede al recuento de bajas y se hace lo necesario para estar en condiciones de afrontar ulteriores asaltos. El comandante valora también el terreno conquistado o perdido, pero sobre todo se prepara para una posterior batalla o retirada definitiva.
El combate en general:
El combate es la lucha que tiene como objetivo la aniquilación (éxitos tácticos) o la derrota del adversario.
Es necesario tener muy clara la situación para decidir si es posible reanudar un combate con la ayuda de nuevas fuerzas. Es frecuente que se sacrifiquen en vano nuevas fuerzas en el combate, lo que, a menudo, es irremediable. En tal caso, el fallo es no modificar la decisión cuando aún se está a tiempo. Se trata de precisar el instante decisivo, es decir, aquel en el cual una fuerza de refresco no puede ya cambiar la suerte desfavorable del enfrentamiento:
·        Cuando el objetivo del combate era la posesión de alguna cosa móvil, su pérdida constituye ya la decisión.
·        Cuando el objetivo era el control de un área.
·        Cuando el objetivo principal es la aniquilación de las fuerzas enemigas, la decisión tiene lugar en el momento en que las mismas no se encuentran en una situación de dispersión.
Así pues, en una batalla en la que el atacante no ha perdido el orden ni la capacidad, aparte de una pequeña fracción de su potencia, mientras que la propia está más o menos deshecha, la derrota es irremediable, más aún si el adversario ha recuperado su fuerza.
El resultado de la batalla depende de tres elementos: el primero es la mera fuerza moral del comandante supremo; en segundo lugar está el rápido aturdimiento de las tropas; finalmente entra el juego el terreno perdido. Todos estos factores sirven como brújula para conocer la dirección que está tomando la batalla.
LIBRO V
El orden de combate:
Consiste en el reparto y las conexiones de las diferentes armas que integran el conjunto y la forma de su despliegue, que debe constituir la norma suprema para toda la campaña o toda la guerra. El reparto y el despliegue se componen en cierto modo, de un elemento aritmético y otro geométrico. El primero deriva del orden establecido para el ejército en tiempos de paz: considera como unidades los batallones, escuadrones, regimientos y baterías, y con ellas constituye las partes de orden superior hasta llegar a la totalidad, según las exigencias hasta llegar a la totalidad, según las exigencias de las circunstancias dominantes. De modo similar, el despliegue deriva de la táctica elemental en que se ha instruido al ejército y en la que este se ha adiestrado en tiempos de paz: debe considerarse como una característica que no se debe modificar sustancialmente en el momento de la guerra. En los siglos XVII y XVIII, el entrenamiento en el uso del fusil provocó un enorme crecimiento de la infantería y unas formaciones en línea muy largas y ralas, convirtiendo por tanto el orden de combate del ejército en algo muy simple, pero haciendo más difíciles y artificiosas sus intervenciones. Dado que no se encontró mejor posición para la caballería que repartirla entre las alas, donde quedaba menos expuesta al fuego enemigo y encontraba espacio para realizar sus propios movimientos, el orden de batalla hizo del ejército un conjunto compacto y no fraccionable. Si se dividía por el centro, se convertía algo similar a una sierpe cortada en dos; ambas partes conservaban aún vida y movilidad, pero a costa de perder sus funciones naturales.
Las marchas:
Las marchas no son más que el paso de un despliegue a otro y para ello se han de cumplir dos condiciones. La primera es la comodidad de las tropas, para evitar que gasten en vano energías que pueden serles útiles más adelante; la segunda es la precisión de sus movimientos, con el fin de que respondan plenamente a su objetivo. Si se pretendiese hacer marchar a cien mil hombres en una sola columna, o sobre un solo camino, sin intervalos de tiempos, la cola de la columna no llegará al objetivo al mismo tiempo que la cabeza. Avanzará con excesiva lentitud, o quizá se disperse en gotas como un chorro de agua. Esta disolución, junto con el cansancio excesivo que la longitud de la columna impone en las unidades más retrasadas, daría rápidamente lugar a un desorden generalizado. A partir de este límite extremo, al ir descendiendo el número de participantes en la marcha, esta se volverá cada vez más fácil y precisa cuanto menor sea la cantidad de tropas que avanzan en una columna. De esto no se deduce que sea necesario dicho fraccionamiento, que no tiene nada en común con el aplicado a la alineación fracciones.
El ejército y la campaña:
El ejército es la masa combatiente que se encuentra en un determinado teatro de operaciones. En un escenario bélico debe haber un único mando, que ha de contar con un grado adecuado de autonomía. Como campaña se suele entender el conjunto de acontecimientos bélicos producido en un año, o en un solo escenario.
La relación de fuerzas:
Los ejércitos son muy parecidos en cuanto a su dotación, armamento y adiestramiento, y entre el mejor y el peor no hay diferencias de gran relieve. Aparte del talento del comandante en jefe, solo la experiencia en la guerra puede proporcionar una superioridad significativa.
La relación entre las armas:
Hay tres armas principales: la infantería; la caballería y la artillería. El combate tiene dos componentes que es preciso diferenciar: el principio de aniquilación por fuego (artillería e infantería) y el combate individual (caballería e infantería).
De ello se deduce que:
La infantería es el arma principal y que se puede superar la falta de otras armas siempre y cuando se disponga de superior infantería.
Es más difícil valorar menos la artillería que la caballería, porque se fusiona mejor con la infantería.
Durante el exterminio, la artillería es el arma más fuerte, mientras que la caballería es la más débil.

LIBRO VI
La defensa:
¿Cuál es la idea fundamental de la defensa? Parar un golpe. ¿Cuál es su característica? Esperar el golpe que se debe parar. En esto consiste el carácter distintivo de toda acción defensiva. Pero una defensa absoluta entraría en total contradicción con la idea de la guerra, ya que equivaldría a dar por supuesto que solo uno de los adversarios realiza actos bélicos. Por eso, la defensa solo puede ser relativa y el criterio mencionado más arriba no se aplica más que al concepto integral de la forma de la guerra, sin extenderse a sus partes individuales. Así, un combate parcial es defensivo cuando se aguarda el asalto del enemigo. Una batalla es defensiva cuando se espera el ataque, y por tanto la aparición del enemigo, ante las posiciones dentro del radio de acción del fuego propio. Por último, una campaña es defensiva cuando se espera, para actuar, a que el enemigo entre en nuestro teatro de operaciones.
El pueblo en armas:
Si bien, en la mayoría de los casos, la influencia de un único habitante  en el escenario bélico no es más que una gota de agua en el océano, incluso aunque no se trate de sublevaciones populares el peso total sobre la guerra de los habitantes de la región es de todo menos despreciable. En el país propio todo resulta más simple, siempre y cuando los sentimientos de los súbditos no estén en contra de la orientación de la guerra emprendida por el Estado. En terreno enemigo, todas las prestaciones grandes o pequeñas, se obtienen solo mediante la imposición de una fuerza evidente, que aportan los combatientes a costa de muchos hombres y muchas fatigas. El defensor saca ventaja de todo esto: aunque no siempre con la espontaneidad propia de una abnegación entusiasta,  lo llevará por el camino ya trazado de la obediencia civil, convertida en segunda naturaleza entre los habitantes, y no solo a través de medios de intimidación y coerción en los que el ejército no tiene participación. Pero también es importante la cooperación voluntaria, que deriva de la entrega a la causa y que nunca falta, al menos bajo aquellas formas que no suponen sacrificios. Solo deseamos poner de relieve una de estas formas, que es de gran trascendencia para la conducción de una guerra: la información, no tanto la transmitida por infiltrados, sino la obtenida por los infinitos contactos: el servicio cotidiano de un ejército invasor se debate en medio de la incertidumbre, mientras que el defensor extrae enormes ventajas de un entendimiento pleno con los habitantes.
LIBRO VII
La ofensiva:
Ya hemos visto que, la defensa en general, y en consecuencia la defensa estratégica, no consiste en adoptar una posición absoluta de espera y parada de los golpes del adversario y que, por tanto, no es enteramente pasiva. Esta disposición es relativa y conlleva, en mayor o menor grado, principios ofensivos. De modo similar, el ataque no es un todo homogéneo, sino que se ve continuamente forzado a recurrir a los principios defensivos. En todo caso, la diferencia entre ambos es que la defensa no puede concebirse sin reacciones ofensivas, y que estas constituyen uno de sus elementos indispensables. Por el contrario, en el ataque, el golpe o asalto constituye una concepción completa en sí mismo. La idea de defensa no es necesaria para el ataque, pero el tiempo y el espacio, a los que está subordinado el ataque, imponen a éste momentos defensivos como mal inevitable. En primer lugar, el ataque no puede proseguir de modo continuado hasta su conclusión. Exige pausas, y estas suspensiones de la acción, en las que el elemento ofensivo queda neutralizado, exigen espontáneamente la defensa.
La destrucción de las fuerzas enemigas:
La destrucción de las fuerzas armadas del enemigo es el medio para alcanzar el objetivo de la guerra. ¿Qué se entiende por esto?
·        Destruir todo lo que hace falta para alcanzar el objetivo de la guerra.
·        Destruir todo lo posible.
·        Escoger como criterio de base la conservación de las fuerzas propias.
·        Como consecuencia de estos criterios, puede ocurrir que el atacante emprenda acciones para destruir las fuerzas enemigas solo cuando se le presenten condiciones favorables: estas condiciones pueden prevalecer también respecto al objetivo mismo del ataque.
El único medio para destruir las fuerzas enemigas es el combate, pero este puede producirse de dos maneras:
ü  directamente;
ü  indirectamente, mediante la combinación de combates.
Aunque la batalla es el medio principal no es, sin embargo, el único. La toma de una plaza fuerte, la ocupación de una porción de territorio, constituyen ya una destrucción de las fuerzas enemigas que puede, además, desencadenar una mayor. La destrucción puede producirse, incluso, indirectamente. Aparte de su valor intrínseco como vía de acercamiento directo al objetivo, la ocupación de una región indefensa puede desmoronar al enemigo. También son valiosas las maniobras para expulsarle de una zona y otros mecanismos análogos: el éxito de una maniobra similar debe ser evaluado desde el mismo punto de vista, y no propiamente como un triunfo de las armas. Estos medios suelen ser sobrevalorados: de hecho, pueden tener el mismo alcance que una batalla. Por otra parte es de temer que no se tomen en cuenta las situaciones desventajosas, aunque tentadoras a causa de su módico coste, que puede provocar su empleo.
La naturaleza del ataque estratégico:
El ataque no es un todo homogéneo, sino que encierra una fase defensiva. Es decir, hacen falta momentos de reposo en los que es precioso establecer un periodo defensivo. Además, el espacio que el ejército que avanza deja a sus espaldas, no es seguro debido al propio ataque, pero debe ser protegido mediante medios específicos. Solo en los casos en los que el pueblo muestre mayor simpatía por el ejército invasor que por el propio podrá uno hacer una ofensiva segura.
La fuerza decreciente del ataque:
La fuerza del ataque se agota poco a poco: el atacante adquiere ventajas que pueden tener valor en los tratados de paz pero que, de momento, debe proteger con sus propias fuerzas armadas. El esfuerzo que supone tal ocupación debilita notablemente el impulso ofensivo, aunque asegura el reabastecimiento de las tropas. El debilitamiento puede atribuirse también a las bajas y a la difícil incorporación de nuevos recursos humanos. Además la prolongación de la iniciativa puede llevar a la extenuación general y la deserción de aliados.
El punto culminante del ataque:
La mayor parte de los ataques estratégicos lleva hasta un punto en que las fuerzas apenas son capaces de estar a la defensiva y esperar la paz. Más allá de este punto se invierte la tendencia, es decir, se produce un vuelco en la situación. La violencia suele ser más grande de lo que fuera la fuerza del ataque. Este es el punto culminante del ataque.
El punto culminante de la victoria:
La victoria trae consigo diversas consecuencias políticas y estratégicas. Desde el punto de vista político, si la derrota afecta a un gran Estado hará al vencedor más fuerte con cada golpe infligido al enemigo, dado que sus aliados menores lo abandonarán; si el estado vencido fuera pequeño, se buscarán aliados  mayores que velen por su integridad. Desde el punto de vista estratégico, la victoria puede unir al enemigo, aumentando la resistencia y debilitando al vencedor, que se ve inducido a la relajación y no a realizar nuevos esfuerzos dirigidos a consolidar su victoria.
LIBRO VIII
La acción bélica:
El plan de guerra abarca toda la acción bélica: es este plan, resultado de la coordinación y el equilibrio de todos los objetivos, el que confiere unidad a la guerra, el que orienta la acción a un objetivo final. No se inicia una guerra, o racionalmente no debería hacerse, sin preguntarse que se pretende obtener mediante dicha confrontación y durante la misma. Lo primero es su alcance, lo segundo su objetivo último. Esta consideración crucial influirá en todas las líneas fundamentales: la entidad de los medios, el grado de energía necesario, hasta las mínimas subdivisiones de la acción.
El resultado final:
En 1812 la conquista de Moscú y de media Rusia no tuvo valor alguno para Napoleón al no procurarle la paz que deseaba. Tal conquista no era  más que un fragmento de su plan de guerra; faltó el complemento, es decir la destrucción del ejército ruso. Si hubiera alcanzado este complemento junto con los otros resultados, la paz se  hubiera vuelto segura, en la medida que pueden serlo estas cosas. Pero Napoleón no logró realizar por completo esta parte complementaria porque había desatendido antes la ocasión; por ello, la totalidad del primer fragmento se volvió no solo inútil, sino que resultó fatal.
La violencia que debemos infligir al adversario depende de las recíprocas pretensiones políticas. Si fueran conocidas por ambas partes, de ellas se deduciría la medida de los esfuerzos necesarios. Pero éstas no resultan siempre tan manifiestas, lo que puede considerarse la primera causa de la desigualdad de los medios utilizados por los beligerantes. La situación y las condiciones de los dos estados no son equivalentes, y por eso puede constituir una segunda causa. Por fin, la fuerza de voluntad, el carácter, la capacidad de los dos gobiernos no son equivalentes, y esta es una tercera causa.
Estos tres elementos producen una incertidumbre en el cálculo de la resistencia que se va a encontrar y, por tanto, de los medio que se deben desplegar y del propósito que se pudiera proponer. Ya que, en la guerra, un esfuerzo insuficientes no solo lleva al fracaso, sino que además puede producir daños a quien lo hace. Ambos contendientes buscan superarse uno al otro, y por eso una mutua reacción que podría conducir al límite extremo de los esfuerzos, si tal límite se pudiera fijar. Pero entonces no se tendrían ya en cuenta las pretensiones políticas; el medio ya no estaría proporcionado al fin y, la mayoría de las veces, esta intención de llevar el esfuerzo a sus últimos límites sería fallido, por la acción obstaculizante de las propias condiciones internas.
Guerra absoluta y guerra real:
El plan de guerra abarca la totalidad del acto bélico: así, el conflicto se convierte en una única acción con un último objetivo, en el cual se reúnen todos los objetivos particulares. No se inicia ninguna guerra sin saber qué fin se pretende alcanzar: es decir, el propósito es la finalidad de la guerra.
En este escenario se desarrollan las dos formas de guerra: la absoluta (libre de todo control y/o limitación para conseguir la eliminación total del enemigo) y la real (restringido por tres factores como el político, el táctico-militar y el de los recursos humanos)
El nexo interno de la guerra:
En la forma absoluta de guerra todo ocurre por razones necesarias, todo se entremezcla rápidamente y no hay ningún espacio intermedio neutral (la guerra es un todo indivisible cuyas partes cobran valor en la medida en que se refieran al todo).
Otra perspectiva sostiene que la guerra puede consistir en una serie de operaciones menores no vinculadas unas a otras.
La magnitud del objetivo de la guerra y el esfuerzo correspondiente:
La presión a ejercer sobre el adversario dependerá de la magnitud de nuestras exigencias políticas y de las del enemigo. Averiguar qué medios, y cuántos, se han de emplear en el esfuerzo bélico y la duración de este, constituye un cálculo complicado (pretensiones del adversario, condiciones de los Estados, etc).
De la guerra de gabinete a la guerra del pueblo:
La guerra era un asunto de los Gobiernos y los medios con los que estos podían contar eran limitados y fáciles de de calcular, tanto como en entidad como en duración. Ello, en cierta medida, lo aleja de los intereses del pueblo. Pero esto cambio con la Era de las Revoluciones.
Abatir al enemigo:
El objetivo de la guerra es abatir al adversario y para lograrlo no siempre es necesaria una conquista total de su territorio. En ciertos casos ni siquiera es suficiente. Con frecuencia, son decisivas ciertas causas particulares, a veces de índole moral. Sin embargo, es preciso tener presentes las condiciones dominantes en los dos Estados. En estas condiciones se formará una especie de centro gravitatorio, un punto de fuerza y de movimiento del que depende todo.
Objetivo limitado:
Vencer al enemigo, cuando se considera factible, es el auténtico objetivo absoluto del acto de la guerra. Cuando no es posible, el objetivo puede ser solo de dos tipos: la conquista de alguna pequeña parte del territorio enemigo o la conservación del propio territorio a la espera de tiempos mejores.
Influencia del objetivo político sobre el objetivo militar:
Nunca se verá que un Estado que haya entrado en acción en defensa de la causa de otro se tome ésta por encima de la suya propia. Envía un pequeño ejército: si este no tiene suerte, considera la situación concluida a todos los efectos e intenta salir de ella lo mejor parado posible.
La guerra como instrumento de la política:
La guerra es una parte del intercambio político, y por tanto dista mucho de ser autónoma. De hecho, la guerra es provocada solo por el intercambio político entre los Gobiernos y los pueblos, pero se suele pensar que con su inicio esta relación cambia y se instaura una situación completamente distinta que tiene sus propias reglas.
El plan de guerra cuando el objetivo es desalentar al enemigo:

Existen dos principios fundamentales aplicables a todo plan de guerra, que orientan las demás consideraciones. El primero es reducir el peso de la fuerza enemiga al menor número posible de puntos gravitatorios, evitando muchas acciones principales sobre ellos. El segundo principio es actuar rápidamente cuando se pueda, por lo que no se interrumpirá la acción sin que sea realmente necesario hacerlo.

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