VOM KRIEGE: RESUMEN
CARL VON CLAUSEWITZ
LIBRO I
Definición:
Aquí no
ofrecemos una definición científica detallada de la guerra, sino que
abordaremos su forma elemental: el combate singular, el duelo. La guerra no es
más que un duelo a gran escala. La multitud de duelos particulares de la que se
compone, considerados en su conjunto, puede representarse mediante las acciones
de dos combatientes. Cada uno de ellos quiere, mediante la fuerza física,
obligar al adversario a plegarse a su voluntad. Su objetivo inmediato es
abatirlo y, con ello, hacer que le sea
imposible toda resistencia ulterior. La finalidad de la guerra es forzar al
enemigo a someterse a nuestra voluntad. Para medirse, la fuerza se arma con las
invenciones de las artes y las ciencias. Esa fuerza va acompañada de
restricciones insignificantes, que apenas merecen ser mencionadas, a las que se
da el nombre de derechos de las gentes, pero no tienen capacidad para reducir
significativamente la energía. La fuerza entendida en sentido físico (puesto
que excluyendo la idea del Estado y la ley no existe la fuerza moral)
constituye el medio; su propósito es imponer nuestra voluntad al contrario.
Para satisfacer con seguridad tal designio, es necesario poner al enemigo en
situación de no poder defenderse. Este es, por definición, el auténtico fin de
la guerra; representa el objetivo y en cierto sentido lo desecha, como algo no
perteneciente a la guerra propiamente dicha.
Tensión
extrema de fuerzas:
Si queremos
abatir a nuestro rival, debemos calcular nuestras fuerzas en función de su
capacidad de resistencia. Esto se expresa como el producto de dos factores
indisociables: entidad de los medios disponibles y voluntad. La entidad de los
medios puede determinarse de modo aproximado, ya que depende en buena medida
(si bien no enteramente) de numerosos factores numéricos. Resulta bastante más
difícil evaluar la voluntad: lo máximo que se puede hacer es una conjetura,
según la importancia de las causas del conflicto. Si creemos haber alcanzado
una estimación verosímil de la capacidad de resistencia del adversario, podemos
considerarla como una medición del esfuerzo que hay que realizar para ir sobre
seguro en todos los casos o, si nuestros medios son insuficientes, darles
siempre la mayor entidad posible. No obstante, el adversario hará exactamente
lo mismo. Nueva carrera recíproca, que tiende teóricamente al extremo: tercer
criterio ilimitado que queda verificado.
La
guerra no es más que la continuación de la política por otros medios:
Así pues, la
guerra no es olamente un acto político, sino un auténtico instrumento de la
política, una continuación del proceso político, su prolongación por otros
medios. El arte de la guerra exige, a modo de máxima, que las tendencias y
designios de la política no lleguern a entrar en contradicción con tales
medios, y en todo caso el comandante en jefe puede exigir que así sea. Estas
condiciones no son insignificantes: pero sea cual sea la circunstancia, incluso
en casos particulares, su reacción ante los designios políticos no podrá ir más
allá de una simple modificación de estos, porque el designio político es el
objetivo, la guerra es el medio, y un medio sin objetivo resulta inconcebible.
Todas
las guerras pueden considerarse actos políticos:
Y por tanto,
volviendo al argumento principal, si bien es cierto que en un determinado tipo
de guerra la política parece desaparecer por completo mientras que en otros es
determinante, se puede afirmar que en ambos la guerra constituye un acto
político. Si consideramos la política como la inteligencia del Estado
personificado, es innegable que, entre todas las hipótesis que debe incluir su
campo de trabajo también estará la naturaleza de las condiciones impuestas por
una guerra del primer tipo. La segunda modalidad podría considerarse de
carácter más político que la primera, solo que ahora se trata de ver en la
política no un discernimiento general, sino la noción convencional de una
artimaña circunspecta, potencialmente desleal, que rehúye el uso de la fuerza.
LIBRO
II
La
campaña de 1814:
Clausewitz
realiza aquí un análisis muy interesante sobre cuál habría sido, en su opinión,
la forma más adecuada de conducir la campaña de 1814.
·
En
general es más ventajoso continuar las operaciones en la misma dirección en que
se ha lanzado a las tropas, porque los desplazamientos implican una pérdida de
tiempo y es más fácil obtener nuevos éxitos donde la fuerza moral del enemigo
ha sufrido ya pérdidas considerables: así pues, actuando en tal dirección no se
pierde el predominio ya adquirido.
·
Blücher,
aunque más débil que Schwartzenberg, era el más importante de los dos a causa
de su espíritu emprendedor: era el centro de gravedad clave del resto de su
propio bando. Las pérdidas sufridas por Blücher equivalían a una derrota.
Representó para Napoleón una ventaja tan notable que la retirada del Rin apenas
podía ser cuestionada, al no existir refuerzos en dicha línea de retirada.
Ningún otro resultado posible habría producido una impresión moral tan profunda dada la
debilidad y falta de resolución percibida en el mando del ejército de
Schwartzenberg, fue de gran trascendencia la pérdida del príncipe heredero de Wuttenberg en Montereau y del
conde Wittgenstein en Mormant. Estos hechos debían de ser conocidos por el
príncipe de Schwartzenberg, pero los desastrestres sufridos por Blücher en su
retirada, atrapado y aislado entre el Marne y el Rin, habían llegado a sus
oídos antes, si bien magnificados por las habladurías. La decisión que tomó
Napoleón a finales de marzo, a la desesperada de dirigirse a Vittry para
comprobar el efecto que había producido sobre los aliados la amenaza de rodear
estratégicamente el enclave se basaba en el principio de la intimidación. Pero
las circunstancias no eran tan favorables vista la falta de éxito de Laon y
Arcis, y dado que Blücher se encontraba cerca de Schwartzenberg con cien mil
hombres. Cierto que hay a quien no le convencen estas razones, pero nada pueden
objetar contra lo que sigue: “Si bien Napoleón amenazaba desde el Rin la base
de Schwartzenberg, este amenazaba París, es decir, la base de Napoleón”. Por el
contrario, los motivos alegados más arriba tienden a probar que Schwartzenberg
no habría osado emprender una marcha sobre París.
Algunos
ejemplos:
Los
ejemplos históricos aclaran la materia y constituyen también las pruebas más sólidas en la ciencia
experimental. Esto se aplica, más que a cualquier otro campo, al arte de la
guerra. El general Scharnhorst, que en su manual ha tratado mejor que nadie la
guerra real, declara que los ejemplos históricos tienen una importancia máxima
en esta materia, y lo demuestra magistralmente. Si hubiera sobrevivido a la
guerra en la que cayó, la parte cuarta de su texto sobre la artillería habría
aportado una prueba aún más brillante del espíritu de observación y análisis
con que profundizaba en la experiencia. Sin embargo, era infrecuente que los
teóricos hicieran un uso tan admirable de los acontecimientos históricos. El
modo en que lo hacen sirve, en la mayoría de los casos, no para dar valor a sus
juicios sino para desacreditarlos. Así pues, creemos que es útil examinar de
modo especial tanto el empleo como el abuso de estos ejemplos. Es incontestable
que los conocimientos sobre los que se sustenta el arte de la guerra pertenecen
a las ciencias experimentales, ya que, aunque derivados de la naturaleza de las
cosas, no desvelan esta, mientras que con la experiencia la aplicación se
codifica a través de numerosas circunstancias, cuyos efectos no pueden ser
previstos en su totalidad solo mediante el examen de la naturaleza del medio.
Los efectos de la pólvora, ese gran agente mediador de la actividad bélica,
solo se conocen con la garantía de la experiencia, e incluso hoy se realizan continuos experimentos para
estudiarlos en mayor profundidad. Es natural que un proyectil de metal, al que
la pólvora imprime una velocidad de 300 metros/segundo, destruya todos los
seres vivos que encuentre a su paso; no hace falta experiencia alguna para comprenderlo. Pero la
experiencia no basta cuando cientos de circunstancias concurren al determinar
estos efectos de un modo más preciso. Además, no es el efecto físico el único
que hay que tomar en consideración: es el efecto moral el que deseamos evaluar,
y para empezar a apreciarlo no tenemos otro medio que la experiencia. En la
Edad Media, recién inventadas las armas de fuego, sus efectos físicos no eran
todavía tan significativos dado lo imperfecto de su construcción: su efecto
moral, al contrario, era grandísimo. Sería necesario haber visto la
inquebrantable firmeza de aquellos hombres, que Napoleón había instruido y
dirigido en el curso de sus conquistas, bajo el fuego de artillería más
violento y persistente, para hacerse una idea de lo que es capaz una tropa
templada por la habituación al peligro, y en la que una rica cosecha de
victorias había inducido la noble determinación de exigirse a sí misma el
máximo posible. Algo que es imposible solo con la ayuda de la imaginación.
Diferencias
entre táctica y estrategia:
Según
nuestra división la táctica concierne al empleo de las fuerzas en el combate;
la estrategia al empleo de los combates de cara al objetivo de la guerra.
Sobre
la teoría de la guerra:
La
guerra no puede conducirse solo desde el punto de vista material (número de
guerreros disponibles, alimentación, reposición de hombres y materiales, las comunicaciones
y la retirada), ya que las implicaciones morales son mucho más importantes.
LIBRO
III
Reserva
estratégica:
Una
reserva puede tener diferentes cometidos: el primero es prolongar y reanudar la
lucha, el segundo atender los imprevistos. El primero presupone la utilización
de un uso sucesivo de las fuerzas y no se presta a la aplicación de estrategia
alguna. El caso en que se envía un cuerpo de ejército en una dirección donde se
está a punto de ser derrotado por el enemigo entra, evidentemente, en el
segundo supuesto, dado que no estaba debidamente prevista la resistencia de la
oposición en dicho lugar. Si se mantiene a tal fin en la reserva un cuerpo
destinado únicamente a prolongar la lucha, situado fuera del alcance de las
armas de fuego pero dependiente de quien dirige el combate y este le ha sido
asignado de modo permanente, estaríamos ante una reserva táctica, más que
estratégica. La necesidad de disponer de una fuerza para hacer frente a los
imprevistos puede presentarse también en el campo de la estrategia. Como
consecuencia, una reserva estratégica es admisible, pero en los casos en que
puedan producirse acontecimientos inesperados. En la táctica, no suele
conocerse el dispositivo del adversario más que examinando todo personalmente. Cada
bosque, cada pliegue del terreno puede ocultar una parte, por lo que se debe
estar siempre preparado para lo fortuito, para reforzar en la retaguardia los
puntos que resulten demasiado débiles, y sobre todo adecuar mejor las propias
posiciones en relación con las del adversario.
Tensión
y reposo: la ley dinámica de la guerra:
En
lo que se refiere a la guerra moderna como ya hemos señalado, se distinguen
claramente otras características. No obstante, sigue siendo cierto que la
acción propiamente dicha se interrumpe siempre con pausas más o menos
prolongadas, lo que impone un examen más minucioso de la esencia de estos dos
estadios de la guerra. Cuando se produce una suspensión de la acción bélica –es
decir, cuando ninguno de los dos adversarios busca algo positivo- hay descanso
y por tanto equilibrio en el sentido más amplio. Se trata de un equilibrio que
comprende no solo las fuerzas físicas y morales de los ejércitos enfrentados,
sino también todas las relaciones entre los intereses de los adversarios. En
cuanto una de las partes beligerantes se plantea un nuevo objetivo, se reanuda
la actividad, aunque sea con simples preparativos para alcanzarlo. Y, tan
pronto como la otra parte se opone, nace una
tensión entre las fuerzas. Esta persiste hasta que se toma una decisión,
que deriva siempre de los efectos de combinaciones recíprocas de combate, se
verifica un movimiento en uno u otro sentido. Agotado el movimiento, ya sea por
las dificultades a superar, por el propio desgast intrínseco o por la aparición
de una nueva resistencia, se produce un nuevo reposo o una nueva tensión con
otras decisiones relacionadas. El movimiento comienza de nuevo, la mayoría de
las veces en sentido inverso. La utilidad esencial de estas consideraciones
queda expuesta en la siguiente conclusión: toda disposición adoptada en estado
de tensión tiene mayor importancia, y es en consecuencia más fecunda que una
análoga tomada en estado de equilibrio. Y esta importancia crece hasta el
infinito cuanto mayor sea el grado de tensión. Los cañonazos de Valmy tuvieron
implicaciones mucho más graves que la batalla de Hochkirch. Si un enemigo
abandona una zona porque no puede defenderla, podemos asentarnos en ella de un
modo muy diferente a cuando se retira con el único propósito de retrasar la batalla
decisiva. Ante un ataque estratégico en vías de ejecución, una posición
equivocada, un solo avance errado pueden acarrear efectos desastrosos. Por el
contrario, en la fase de equilibrio los errores de este género deberían ser
menos aparentes para inducir al enemigo a actuar. Para continuar erigiendo el
edificio de nuestro análisis teórico, es realmente necesaria la distinción
especulativa de que contamos con estabilidad. Todo lo que hay que decir sobre
la relación entre ataque y defensa respecto a la ejecución de estas acciones de
doble especie se basa en el estado de crisis en que se encuentran las fuerzas
durante las fases de tensión y movimiento. Toda acción consumada durante los
periodos de equilibrio es considerada un simple corolario. Son tales crisis las
que constituyen la verdadera guerra, mientras que el estado de equilibrio es
solo su reflejo.
Fuerza
moral:
La moral de
la tropa y de una fuerza de combate es uno de los factores determinantes para la
victoria. Son cualidades que el adversario no puede contrarrestar, porque la
felicidad de un país o una economía boyante y la moral de las tropas no son
cuantificables, y menos aún figuran en libros o documentos. Por otra parte la
fuerza moral está directamente relacionada con la material, entendida esta como
expresión de un determinado equipamiento agresivo para el combate. Unas fuerzas
bien equipadas pero faltas de moral, o constreñidas por un gobierno
particularmente rígido, no tendrán la misma fuerza que unidades que viven bien
y tienen alta la moral. Entre las fuerzas morales preponderantes cabe mencionar
el talento del jefe, la virtud militar del ejército (basadas en las proezas y
el entusiasmo por la causa) y sus sentimientos nacionales.
Audacia
y superioridad numérica:
Desde
el líder al tamborilero y el general en jefe lo más digno de admiración es,
sobre todo, la audacia. Es la más noble de las cualidades; es el acero lo que
da al arma su filo y su esplendor. Solo cuando la audacia se yergue contra el
principio de la obediencia, cuando se desatiende una voluntad superior
claramente expresada, debe ser tratada como un mal peligroso en sí mismo, si no
causa de la desobediencia.
Es
necesario reunir en el punto decisivo y emplear en el combate el mayor número
posible de efectivos. Hay un axioma de
los generales napoleónico que era el marchar divididos (para aumentar la
velocidad) y combatir unidos.
LIBRO
IV
Carácter
de la batalla moderna:
De
acuerdo con las ideas que hemos expuesto sobre la táctica y la estrategia,
resulta superfluo añadir que la alteración de la primera influye sobre la
segunda. Si se modifica totalmente su carácter en un caso determinado, otro
tanto debe ocurrir con la estrategia, a fin de que ambos resulten racionales y
consecuentes. Por lo tanto, es importante definir la forma moderna de una gran
batalla antes de estudiar el empleo de la estrategia. ¿En qué consiste, en
general, una gran batalla? Se despliegan tranquilamente grandes masas en los
flancos y en profundidad, no se despliega la totalidad. Se deja que esta se enzarce
en una lucha consistente en unas horas de intercambio de fuego y después, en lo
que se refiere al movimiento de uno y otro bando, se suceden asaltos parciales,
ataques a bayoneta y cargas de caballería. Cuando esta parte ha agotado ya sus
energías, y no quedan más que restos de bajo rendimiento, se la retira y se
incorpora una de refresco. Así, la batalla procede con una intensidad
destructiva moderada, como la pólvora húmeda, que arde en vez de explotar. Al
caer la noche, mientras la oscuridad obliga a cesar los combates porque ninguno
de los adversarios ve los suficiente y no quiere arriesgarse a atacar a ciegas,
se valora qué masa utilizable le resta a cada uno de ellos que no esté agotada
como volcanes que han perdido su fuerza eruptiva. Se evalúan también el terreno
ganado o perdido y las condiciones de seguridad de la retaguardia; se suman
estos resultados a las impresiones aisladas de bravura o miedo, de sagacidad o
incapacidad que se han creído percibir tanto en nuestras tropas como en las del
enemigo, y se obtiene una impresión general de la que se deriva la decisión de
abandonar el campo de batalla o reanudar la lucha la mañana siguiente.
Decidir
el combate:
Ningún
combate se decide en un solo instante, aunque en todos hay momentos más
decisivos que contribuyen de modo esencial al resultado. Perder una batalla es
comparable al descenso gradual de uno de los platillos de la balanza. Todo
combate tiene, por otro lado, momentos en los que se puede considerar decidido,
de modo que reemprenderlo constituiría un nuevo combate en vez de una
continuación del anterior. Es muy importante tener una idea precisa de ese
momento para estar en condiciones de juzgar si es útil proseguir la lucha con
ayuda de refuerzos. Y de hecho, a menudo ocurre que en combates en los que la
situación está definitivamente perdida se sacrifiquen inútilmente nuevas
fuerzas; mientras que otras veces, por el contrario, por el contrario, se
renuncia a enderezar la situación mientras todavía es posible hacerlo.
Retirada
tras una derrota:
La
derrota ha agotado las energías del ejército y, lo que es peor, la fuerza moral
de los soldados. Una segunda batalla, a menos que se vea favorecida por nuevas
circunstancias, conducirá a un desastre completo, quizá incluso a la
aniquilación: este es un axioma militar. Según la naturaleza de las cosas, la
retirada continuará hasta que se restablezca el equilibrio entre las fuerzas,
ya sea mediante refuerzos y la protección de plazas fuertes importantes, o por
grandes obstáculos del terreno y, finalmente, por la dispersión de las fuerzas
del vencedor. La importancia de las pérdidas sufridas y de la derrota acercarán
o alejarán esta recuperación del equilibrio, pero influirá aún más el carácter
del adversario. Hay muchos ejemplos de batallas perdidas, después de las cuales
el ejército derrotado consiguió reorganizarse en una posición poco alejada sin
que haya habido modificación alguna en sus condiciones tras el enfrentamiento.
Características
de la batalla moderna:
La
fase inicial de la batalla prevé el despliegue de grandes masas de infantería,
de las cuales se utilizan pequeños grupos que desatan el enfrentamiento. La
batalla en sí es un combate a sangre y fuego que dura algunas horas,
entremezclado con asaltos a bayoneta y cargas
de caballería. Cuando uno de los contendientes agota sus fuerzas y las
líneas de su despliegue se debilitan, procede sustituirlas por otra fuerza. A
la noche se procede al recuento de bajas y se hace lo necesario para estar en
condiciones de afrontar ulteriores asaltos. El comandante valora también el
terreno conquistado o perdido, pero sobre todo se prepara para una posterior
batalla o retirada definitiva.
El
combate en general:
El
combate es la lucha que tiene como objetivo la aniquilación (éxitos tácticos) o
la derrota del adversario.
Es
necesario tener muy clara la situación para decidir si es posible reanudar un
combate con la ayuda de nuevas fuerzas. Es frecuente que se sacrifiquen en vano
nuevas fuerzas en el combate, lo que, a menudo, es irremediable. En tal caso,
el fallo es no modificar la decisión cuando aún se está a tiempo. Se trata de
precisar el instante decisivo, es decir, aquel en el cual una fuerza de
refresco no puede ya cambiar la suerte desfavorable del enfrentamiento:
·
Cuando
el objetivo del combate era la posesión de alguna cosa móvil, su pérdida
constituye ya la decisión.
·
Cuando
el objetivo era el control de un área.
·
Cuando
el objetivo principal es la aniquilación de las fuerzas enemigas, la decisión
tiene lugar en el momento en que las mismas no se encuentran en una situación
de dispersión.
Así
pues, en una batalla en la que el atacante no ha perdido el orden ni la capacidad,
aparte de una pequeña fracción de su potencia, mientras que la propia está más
o menos deshecha, la derrota es irremediable, más aún si el adversario ha
recuperado su fuerza.
El
resultado de la batalla depende de tres elementos: el primero es la mera fuerza
moral del comandante supremo; en segundo lugar está el rápido aturdimiento de
las tropas; finalmente entra el juego el terreno perdido. Todos estos factores
sirven como brújula para conocer la dirección que está tomando la batalla.
LIBRO
V
El
orden de combate:
Consiste en
el reparto y las conexiones de las diferentes armas que integran el conjunto y
la forma de su despliegue, que debe constituir la norma suprema para toda la
campaña o toda la guerra. El reparto y el despliegue se componen en cierto
modo, de un elemento aritmético y otro geométrico. El primero deriva del orden
establecido para el ejército en tiempos de paz: considera como unidades los
batallones, escuadrones, regimientos y baterías, y con ellas constituye las
partes de orden superior hasta llegar a la totalidad, según las exigencias
hasta llegar a la totalidad, según las exigencias de las circunstancias
dominantes. De modo similar, el despliegue deriva de la táctica elemental en
que se ha instruido al ejército y en la que este se ha adiestrado en tiempos de
paz: debe considerarse como una característica que no se debe modificar
sustancialmente en el momento de la guerra. En los siglos XVII y XVIII, el
entrenamiento en el uso del fusil provocó un enorme crecimiento de la
infantería y unas formaciones en línea muy largas y ralas, convirtiendo por
tanto el orden de combate del ejército en algo muy simple, pero haciendo más
difíciles y artificiosas sus intervenciones. Dado que no se encontró mejor
posición para la caballería que repartirla entre las alas, donde quedaba menos
expuesta al fuego enemigo y encontraba espacio para realizar sus propios
movimientos, el orden de batalla hizo del ejército un conjunto compacto y no
fraccionable. Si se dividía por el centro, se convertía algo similar a una
sierpe cortada en dos; ambas partes conservaban aún vida y movilidad, pero a
costa de perder sus funciones naturales.
Las
marchas:
Las marchas
no son más que el paso de un despliegue a otro y para ello se han de cumplir
dos condiciones. La primera es la comodidad de las tropas, para evitar que
gasten en vano energías que pueden serles útiles más adelante; la segunda es la
precisión de sus movimientos, con el fin de que respondan plenamente a su
objetivo. Si se pretendiese hacer marchar a cien mil hombres en una sola
columna, o sobre un solo camino, sin intervalos de tiempos, la cola de la
columna no llegará al objetivo al mismo tiempo que la cabeza. Avanzará con
excesiva lentitud, o quizá se disperse en gotas como un chorro de agua. Esta
disolución, junto con el cansancio excesivo que la longitud de la columna
impone en las unidades más retrasadas, daría rápidamente lugar a un desorden
generalizado. A partir de este límite extremo, al ir descendiendo el número de
participantes en la marcha, esta se volverá cada vez más fácil y precisa cuanto
menor sea la cantidad de tropas que avanzan en una columna. De esto no se
deduce que sea necesario dicho fraccionamiento, que no tiene nada en común con
el aplicado a la alineación fracciones.
El
ejército y la campaña:
El ejército
es la masa combatiente que se encuentra en un determinado teatro de
operaciones. En un escenario bélico debe haber un único mando, que ha de contar
con un grado adecuado de autonomía. Como campaña se suele entender el conjunto
de acontecimientos bélicos producido en un año, o en un solo escenario.
La
relación de fuerzas:
Los
ejércitos son muy parecidos en cuanto a su dotación, armamento y
adiestramiento, y entre el mejor y el peor no hay diferencias de gran relieve.
Aparte del talento del comandante en jefe, solo la experiencia en la guerra
puede proporcionar una superioridad significativa.
La
relación entre las armas:
Hay tres
armas principales: la infantería; la caballería y la artillería. El combate
tiene dos componentes que es preciso diferenciar: el principio de aniquilación
por fuego (artillería e infantería) y el combate individual (caballería e
infantería).
De ello se
deduce que:
La
infantería es el arma principal y que se puede superar la falta de otras armas
siempre y cuando se disponga de superior infantería.
Es más
difícil valorar menos la artillería que la caballería, porque se fusiona mejor
con la infantería.
Durante el
exterminio, la artillería es el arma más fuerte, mientras que la caballería es
la más débil.
LIBRO
VI
La
defensa:
¿Cuál es la
idea fundamental de la defensa? Parar un golpe. ¿Cuál es su característica?
Esperar el golpe que se debe parar. En esto consiste el carácter distintivo de
toda acción defensiva. Pero una defensa absoluta entraría en total
contradicción con la idea de la guerra, ya que equivaldría a dar por supuesto
que solo uno de los adversarios realiza actos bélicos. Por eso, la defensa solo
puede ser relativa y el criterio mencionado más arriba no se aplica más que al
concepto integral de la forma de la guerra, sin extenderse a sus partes
individuales. Así, un combate parcial es defensivo cuando se aguarda el asalto
del enemigo. Una batalla es defensiva cuando se espera el ataque, y por tanto
la aparición del enemigo, ante las posiciones dentro del radio de acción del
fuego propio. Por último, una campaña es defensiva cuando se espera, para
actuar, a que el enemigo entre en nuestro teatro de operaciones.
El
pueblo en armas:
Si bien, en
la mayoría de los casos, la influencia de un único habitante en el escenario bélico no es más que una gota
de agua en el océano, incluso aunque no se trate de sublevaciones populares el
peso total sobre la guerra de los habitantes de la región es de todo menos
despreciable. En el país propio todo resulta más simple, siempre y cuando los
sentimientos de los súbditos no estén en contra de la orientación de la guerra
emprendida por el Estado. En terreno enemigo, todas las prestaciones grandes o
pequeñas, se obtienen solo mediante la imposición de una fuerza evidente, que
aportan los combatientes a costa de muchos hombres y muchas fatigas. El
defensor saca ventaja de todo esto: aunque no siempre con la espontaneidad
propia de una abnegación entusiasta, lo
llevará por el camino ya trazado de la obediencia civil, convertida en segunda
naturaleza entre los habitantes, y no solo a través de medios de intimidación y
coerción en los que el ejército no tiene participación. Pero también es
importante la cooperación voluntaria, que deriva de la entrega a la causa y que
nunca falta, al menos bajo aquellas formas que no suponen sacrificios. Solo
deseamos poner de relieve una de estas formas, que es de gran trascendencia
para la conducción de una guerra: la información, no tanto la transmitida por
infiltrados, sino la obtenida por los infinitos contactos: el servicio
cotidiano de un ejército invasor se debate en medio de la incertidumbre,
mientras que el defensor extrae enormes ventajas de un entendimiento pleno con
los habitantes.
LIBRO
VII
La
ofensiva:
Ya hemos
visto que, la defensa en general, y en consecuencia la defensa estratégica, no
consiste en adoptar una posición absoluta de espera y parada de los golpes del
adversario y que, por tanto, no es enteramente pasiva. Esta disposición es
relativa y conlleva, en mayor o menor grado, principios ofensivos. De modo
similar, el ataque no es un todo homogéneo, sino que se ve continuamente
forzado a recurrir a los principios defensivos. En todo caso, la diferencia
entre ambos es que la defensa no puede concebirse sin reacciones ofensivas, y
que estas constituyen uno de sus elementos indispensables. Por el contrario, en
el ataque, el golpe o asalto constituye una concepción completa en sí mismo. La
idea de defensa no es necesaria para el ataque, pero el tiempo y el espacio, a
los que está subordinado el ataque, imponen a éste momentos defensivos como mal
inevitable. En primer lugar, el ataque no puede proseguir de modo continuado
hasta su conclusión. Exige pausas, y estas suspensiones de la acción, en las
que el elemento ofensivo queda neutralizado, exigen espontáneamente la defensa.
La
destrucción de las fuerzas enemigas:
La
destrucción de las fuerzas armadas del enemigo es el medio para alcanzar el
objetivo de la guerra. ¿Qué se entiende por esto?
·
Destruir
todo lo que hace falta para alcanzar el objetivo de la guerra.
·
Destruir
todo lo posible.
·
Escoger
como criterio de base la conservación de las fuerzas propias.
·
Como
consecuencia de estos criterios, puede ocurrir que el atacante emprenda
acciones para destruir las fuerzas enemigas solo cuando se le presenten
condiciones favorables: estas condiciones pueden prevalecer también respecto al
objetivo mismo del ataque.
El único
medio para destruir las fuerzas enemigas es el combate, pero este puede
producirse de dos maneras:
ü
directamente;
ü
indirectamente,
mediante la combinación de combates.
Aunque la
batalla es el medio principal no es, sin embargo, el único. La toma de una
plaza fuerte, la ocupación de una porción de territorio, constituyen ya una
destrucción de las fuerzas enemigas que puede, además, desencadenar una mayor.
La destrucción puede producirse, incluso, indirectamente. Aparte de su valor
intrínseco como vía de acercamiento directo al objetivo, la ocupación de una
región indefensa puede desmoronar al enemigo. También son valiosas las
maniobras para expulsarle de una zona y otros mecanismos análogos: el éxito de
una maniobra similar debe ser evaluado desde el mismo punto de vista, y no
propiamente como un triunfo de las armas. Estos medios suelen ser
sobrevalorados: de hecho, pueden tener el mismo alcance que una batalla. Por
otra parte es de temer que no se tomen en cuenta las situaciones desventajosas,
aunque tentadoras a causa de su módico coste, que puede provocar su empleo.
La
naturaleza del ataque estratégico:
El ataque no
es un todo homogéneo, sino que encierra una fase defensiva. Es decir, hacen
falta momentos de reposo en los que es precioso establecer un periodo
defensivo. Además, el espacio que el ejército que avanza deja a sus espaldas,
no es seguro debido al propio ataque, pero debe ser protegido mediante medios
específicos. Solo en los casos en los que el pueblo muestre mayor simpatía por
el ejército invasor que por el propio podrá uno hacer una ofensiva segura.
La
fuerza decreciente del ataque:
La fuerza
del ataque se agota poco a poco: el atacante adquiere ventajas que pueden tener
valor en los tratados de paz pero que, de momento, debe proteger con sus
propias fuerzas armadas. El esfuerzo que supone tal ocupación debilita
notablemente el impulso ofensivo, aunque asegura el reabastecimiento de las
tropas. El debilitamiento puede atribuirse también a las bajas y a la difícil
incorporación de nuevos recursos humanos. Además la prolongación de la
iniciativa puede llevar a la extenuación general y la deserción de aliados.
El
punto culminante del ataque:
La mayor
parte de los ataques estratégicos lleva hasta un punto en que las fuerzas
apenas son capaces de estar a la defensiva y esperar la paz. Más allá de este
punto se invierte la tendencia, es decir, se produce un vuelco en la situación.
La violencia suele ser más grande de lo que fuera la fuerza del ataque. Este es
el punto culminante del ataque.
El
punto culminante de la victoria:
La victoria
trae consigo diversas consecuencias políticas y estratégicas. Desde el punto de
vista político, si la derrota afecta a un gran Estado hará al vencedor más
fuerte con cada golpe infligido al enemigo, dado que sus aliados menores lo
abandonarán; si el estado vencido fuera pequeño, se buscarán aliados mayores que velen por su integridad. Desde el
punto de vista estratégico, la victoria puede unir al enemigo, aumentando la
resistencia y debilitando al vencedor, que se ve inducido a la relajación y no
a realizar nuevos esfuerzos dirigidos a consolidar su victoria.
LIBRO
VIII
La
acción bélica:
El plan de
guerra abarca toda la acción bélica: es este plan, resultado de la coordinación
y el equilibrio de todos los objetivos, el que confiere unidad a la guerra, el
que orienta la acción a un objetivo final. No se inicia una guerra, o
racionalmente no debería hacerse, sin preguntarse que se pretende obtener
mediante dicha confrontación y durante la misma. Lo primero es su alcance, lo
segundo su objetivo último. Esta consideración crucial influirá en todas las
líneas fundamentales: la entidad de los medios, el grado de energía necesario,
hasta las mínimas subdivisiones de la acción.
El
resultado final:
En 1812 la
conquista de Moscú y de media Rusia no tuvo valor alguno para Napoleón al no
procurarle la paz que deseaba. Tal conquista no era más que un fragmento de su plan de guerra;
faltó el complemento, es decir la destrucción del ejército ruso. Si hubiera
alcanzado este complemento junto con los otros resultados, la paz se hubiera vuelto segura, en la medida que
pueden serlo estas cosas. Pero Napoleón no logró realizar por completo esta
parte complementaria porque había desatendido antes la ocasión; por ello, la
totalidad del primer fragmento se volvió no solo inútil, sino que resultó
fatal.
La violencia
que debemos infligir al adversario depende de las recíprocas pretensiones
políticas. Si fueran conocidas por ambas partes, de ellas se deduciría la
medida de los esfuerzos necesarios. Pero éstas no resultan siempre tan
manifiestas, lo que puede considerarse la primera causa de la desigualdad de
los medios utilizados por los beligerantes. La situación y las condiciones de
los dos estados no son equivalentes, y por eso puede constituir una segunda
causa. Por fin, la fuerza de voluntad, el carácter, la capacidad de los dos
gobiernos no son equivalentes, y esta es una tercera causa.
Estos tres
elementos producen una incertidumbre en el cálculo de la resistencia que se va
a encontrar y, por tanto, de los medio que se deben desplegar y del propósito
que se pudiera proponer. Ya que, en la guerra, un esfuerzo insuficientes no
solo lleva al fracaso, sino que además puede producir daños a quien lo hace.
Ambos contendientes buscan superarse uno al otro, y por eso una mutua reacción
que podría conducir al límite extremo de los esfuerzos, si tal límite se
pudiera fijar. Pero entonces no se tendrían ya en cuenta las pretensiones
políticas; el medio ya no estaría proporcionado al fin y, la mayoría de las
veces, esta intención de llevar el esfuerzo a sus últimos límites sería
fallido, por la acción obstaculizante de las propias condiciones internas.
Guerra
absoluta y guerra real:
El plan de
guerra abarca la totalidad del acto bélico: así, el conflicto se convierte en
una única acción con un último objetivo, en el cual se reúnen todos los
objetivos particulares. No se inicia ninguna guerra sin saber qué fin se
pretende alcanzar: es decir, el propósito es la finalidad de la guerra.
En este
escenario se desarrollan las dos formas de guerra: la absoluta (libre de todo control
y/o limitación para conseguir la eliminación total del enemigo) y la real
(restringido por tres factores como el político, el táctico-militar y el de los
recursos humanos)
El
nexo interno de la guerra:
En la forma
absoluta de guerra todo ocurre por razones necesarias, todo se entremezcla
rápidamente y no hay ningún espacio intermedio neutral (la guerra es un todo
indivisible cuyas partes cobran valor en la medida en que se refieran al todo).
Otra
perspectiva sostiene que la guerra puede consistir en una serie de operaciones
menores no vinculadas unas a otras.
La
magnitud del objetivo de la guerra y el esfuerzo correspondiente:
La presión a
ejercer sobre el adversario dependerá de la magnitud de nuestras exigencias
políticas y de las del enemigo. Averiguar qué medios, y cuántos, se han de
emplear en el esfuerzo bélico y la duración de este, constituye un cálculo
complicado (pretensiones del adversario, condiciones de los Estados, etc).
De
la guerra de gabinete a la guerra del pueblo:
La guerra
era un asunto de los Gobiernos y los medios con los que estos podían contar
eran limitados y fáciles de de calcular, tanto como en entidad como en
duración. Ello, en cierta medida, lo aleja de los intereses del pueblo. Pero esto
cambio con la Era de las Revoluciones.
Abatir
al enemigo:
El objetivo
de la guerra es abatir al adversario y para lograrlo no siempre es necesaria
una conquista total de su territorio. En ciertos casos ni siquiera es
suficiente. Con frecuencia, son decisivas ciertas causas particulares, a veces
de índole moral. Sin embargo, es preciso tener presentes las condiciones
dominantes en los dos Estados. En estas condiciones se formará una especie de
centro gravitatorio, un punto de fuerza y de movimiento del que depende todo.
Objetivo
limitado:
Vencer al
enemigo, cuando se considera factible, es el auténtico objetivo absoluto del
acto de la guerra. Cuando no es posible, el objetivo puede ser solo de dos
tipos: la conquista de alguna pequeña parte del territorio enemigo o la
conservación del propio territorio a la espera de tiempos mejores.
Influencia
del objetivo político sobre el objetivo militar:
Nunca se
verá que un Estado que haya entrado en acción en defensa de la causa de otro se
tome ésta por encima de la suya propia. Envía un pequeño ejército: si este no
tiene suerte, considera la situación concluida a todos los efectos e intenta
salir de ella lo mejor parado posible.
La
guerra como instrumento de la política:
La guerra es
una parte del intercambio político, y por tanto dista mucho de ser autónoma. De
hecho, la guerra es provocada solo por el intercambio político entre los
Gobiernos y los pueblos, pero se suele pensar que con su inicio esta relación
cambia y se instaura una situación completamente distinta que tiene sus propias
reglas.
El
plan de guerra cuando el objetivo es desalentar al enemigo:
Existen dos
principios fundamentales aplicables a todo plan de guerra, que orientan las
demás consideraciones. El primero es reducir el peso de la fuerza enemiga al
menor número posible de puntos gravitatorios, evitando muchas acciones
principales sobre ellos. El segundo principio es actuar rápidamente cuando se
pueda, por lo que no se interrumpirá la acción sin que sea realmente necesario
hacerlo.
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